dilluns, 4 de juny del 2012

Solar, Ian McEwan

Solar
de Ian McEwan
Traducció de: Emili Olcina
Fecha original de publicación: 2011
Editorial: labutxaca


Semblàvem, des d’aquella alçada, un liquen que s’escampa, una multiplicació devastadora d’algues, la floridura que embolcalla una fruita tova...
Divertir-se veient el malbaratament del món no està malament. Hi ha qui l’intenta canviar ─i també, i amb la mateixa dignitat que els altres─ hi ha qui se’n en fot. McEwan ha escollit el segon grup. Ingredients: un Premi Nobel ─conegut pel nom de Michael Beard─  que és “d’aquella mena d’homes (vagament lletjos, sovint calbs, baixos, grassos, intel·ligents) que són inexplicablement atractius als ulls de certes dones boniques”. Que viu dels èxits del passat, que l’ha deixat la dona, i que, tot i que ho fa amb formalitat, se’n en burla de tot, per, a poc a poc, anar-nos ensenyant que res no és tant seriós com semblava. Ni res tant important, ni res tan dramàtic, ni res concret tant universal com ho sentíem.

Suposo que és per això que observar el ridículs que som des d’un avió ─com fa Beard─ i veure lo petits que, des de les alçades, se’ns veu, calma, o, si més no, alleugera la desgracia que creiem viure. Solar, és doncs, aquesta lluita entre lo concret i lo universal. Un títol irònic, com tot el llibre, ja que sota Solar s’amaga la història d’un sol home. Una burla derivada de la paradoxa que neix entre els problemes del món i els problemets de cada un. Problemets que, de vegades, són l’únic que veiem i l’únic pel que vivim.
Solar: una llum que està a tot arreu, inundant el nostre planeta, xocant sobre els nostres cossos a l’estiu, a les fulles dels arbres, a les muntanyes, a la platja, al mar, i que, al mateix temps, cau ignorada. Passa desapercebuda.

Beard és un home tirant a escèptic, que ha perdut ja fa temps el miratge de l’idealisme: ha descobert la imperfecció del món. Més ben dit: que el món no és ni idíl·lic ni ideal. Desconfia d’aquells que redueixen els problemes a un de sol i d’aquells, que, creien saber la solució, parlen sense parar. Home solitari, que fracassa en les relacions de parella. Premi Nobel que té els problemes que tenen tots: pateix i caga, sua i vomita, i, per més títols que li posin al damunt, no deixa de ser un home. “Un home, fet de tots els homes i que val lo que tots i lo que qualsevol d’ells” com diria Sartre. Un home que malgrat buscar certeses en la física, acaba, malgrat que el sol li cremi el clatell, perdut en el mateix núvol que tots. 

dijous, 3 de maig del 2012

El gran Gatsby, F. S. Fitzgerald

The Great Gatsby (El gran Gatsby)
de F. S. Fitzgerald
Fecha original de publicación: 1985
Editorial: Alfaguara

No hacen falta muchas palabras, ni ordenarlas de manera muy complicada, para decir algo profundo. Esto es con lo que me quedo de El gran Gatsby. Novela sencilla ambientada en los roaring twenties y narrada por Nick Carraway: fiel observador, no siempre implicado en la historia, detallista e irónico. Éste, des de su ventana, narra la historia de Jay Gatsby. Ya que, como él mismo dice: “Al fin y al cabo, desde una sola ventana se contempla mejor la vida”.

La historia que se nos narra es el del amor perdido de Gatsby. Él, persona condenada a su soledad disfrazada y a la frivolidad del dinero, querrá recuperar un sueño, un solo sueño, que se desmantela a lo largo de las páginas: Daisy, su amor de juventud. Y así, con la suave voz de Nick, la vida de Gatsby avanza hacia su obsesión, filtrando, paulatinamente, la amarga realidad (la no soñada) con la irónica voz de Fitzgerald. 

La fiesta adquiere un papel relevante. En la gran casa de Gatsby se suceden grandes fiestas, con gente desconocida para él y también para ellos mismos. Gente cínica, en un ambiente falso. Dónde reina la nada disfrazada de dinero y la música del silencio. Gatsby es el anfitrion de estas fiestas. 
Estas fiestas, con jazz desenfrenado, igual que vemos a Fitzgerald y a Zelda en Midnight In Paris, cuando llega “la hora de la profunda mutación humana” y “la atmósfera se cargaba con excitación” se dejaban, placenteramente, llevar por la atmósfera nocturna:

“De súbito, una de esas gitanas, vestida de tembloroso opal, se apodera de un cóctel en el aire, se echa al coleto para cobrar valor, y moviendo las manod como Frisco, se pone a bailar sobre la plataforma de lona. Un momentáneo silencio; el director de orquestra cambia cortésmente el ritmo de la música, y estallan los comentarios, circula la equivocada información de que es la doble de Gilda Gray en el ‹‹Follies››. Ha empezado la fiesta.”
Y todo, en la glamurosa atmósfera de Nueva York que Fitzgerald, con la voz de Nick, describe así:

“Nueva York empezó a gustarme por su chispeante y aventurera sensación nocturna, y por la satisfacción que presta a la mirada humana su constante revoloteo de hombres, mujeres y máquinas. Gustaba de pasear por la Quinta Avenida y elegir románticas mujeres entre la multitud; imaginar que dentro de breves minutos, irrumpiría en su vida sin que nadie lo supiera ni lo desaprobara. A veces las seguía, con el pensamiento, a sus pisos situados en esquinas ocultas de callejas, desde donde se volvían, sonriéndome, antes de desaparecer en la cálida oscuridad. En el encantador crepúsculo metropolitano, sentía a veces una obsesionante soledad, y la sentía también en otros empleadillos que pasaban el rato frente a los escaparates, esperando la hora de una solitaria cena en un restaurante; empleadillos ociosos en el crepúsculo, que desperdiciaban los más conmovedores instantes de la noche y de la vida.”
Y así, igual que Nick, o Francis, que siguen con el pensamiento a esas muchachas, nosotros seguimos la historia que quizá es, igual que tantas cosas, un trozo de imaginación. Pero todo este mundo idealizado de los felices años veinte, de fiesta, y en donde todo parece ser bello y brillante, no es más que un sueño; un engaño. Como la trágica vida de Gatsby. Como su obsesión de un amor pasado. Como el dinero. Como la compañía en las fiestas. Como la música. Como la bebida. Y al desnudarlo, con sencillez pero con maestría, sólo queda lo perdido, lo que, tras la ironía de Fitzgerald, realmente fue. “Y así vamos adelante, botes que reman contra la corriente, incesantemente arrastrados hacia el pasado”. Sin olvidar, como aconsejaron a Nick algún día:
‹‹Cada vez que te sientas inclinado a criticar a alguien ─me dijo─ ten presente que no todo el mundo ha tenido tus ventajas…››

Para más información sobre la historia editorial del libro y de su editor Maxwell Perkins, aquí; para otras reseñas, aquí (Revista de Letras); para una curiosidad acerca de Hunter S. Thompson y El gran Gatsby, aquí

divendres, 20 d’abril del 2012

El proceso, Franz Kafka (II)


“Ante la ley hay un guardián. A este guardián se acerca un hombre del campo y le pide que le permita entrar en la ley. Pero el guardián dice que ahora no puede concederle la entrada. El hombre reflexiona y luego pregunta si podrá entrar más tarde. “Es posible”, dice el guardián, “pero no ahora”. Como la puerta de la ley está abierta como siempre y el guardián se echa a un lado, el hombre se agacha para ver el interior a través de la puerta. Al notarlo el guardián, se ríe y dice: “Si tanto te atrae, anda, intenta entrar a pesar de mi prohibición. Pero ten en cuenta una cosa: Soy poderoso. Y sólo soy el más bajo de los guardianes. Pero entre una sala y otra, hay también guardianes, y cada uno de ellos es más poderoso que el anterior. Ni yo mismo puedo soportar la simple visión del tercero de ellos”. El hombre del campo no esperaba tales dificultades. La ley debe ser siempre accesible y estar abierta a todos, piensa. Pero entonces, al observar más detenidamente al guardián envuelto en su capote de pieles, su gran nariz puntiaguda, la barba de tártaro, larga, negra y estrecha, decide que es mejor esperar hasta que le den permiso para entrar. El guardián le da un taburete y deja que se siente a uno de los lados de la puerta. Allí permanece sentado días y años. Efectúa muchos intentos para que le dejen entrar y fatiga al guardián con sus súplicas. El guardián se enzarza a menudo con él en breves interrogatorios; le pregunta por su tierra y por otras muchas cosas, pero se trata de preguntas indiferentes, como las formulan los grandes señores y, para acabar, le dice siempre que no puede permitirle la entrada. El hombre, que se ha provisto de muchas cosas para su viaje, las utiliza todas, por valiosas que sean, para sobornar al guardián. Éste lo acepta todo, pero dice: “Lo acepto únicamente para que no creas que has omitido nada”. Durante los muchos años que van pasando, el hombre observa al guardián casi sin interrupción. Se olvida de los restantes guardianes, y le parece que éste, el primero, es el único obstáculo para la entrada en la ley. Durante los primeros años, maldice en voz alta la desgraciada casualidad, pero luego, al envejecer, ya sólo refunfuña entre dientes. Chochea, y como, por haberse pasado tantos años examinando al guardián, ha llegado a conocer hasta las pulgas de su cuello de pieles, suplica también a las pulgas que le ayuden y hagan cambiar de opinión al guardián. Finalmente, la vista se va debilitando y no sabe si realmente está oscureciendo a su alrededor o si le engañan sus ojos. Pero entonces distingue en la oscuridad un resplandor inextinguible que sale de la puerta de la ley. Ya no vivirá mucho. Antes de su muerte, se acumulan en su cabeza todas las experiencias de todos aquellos años y forman una pregunta que aún no había formulado nunca al guardián. Le hace una seña, porque ya no puede levantar su cuerpo yerto. El guardián tiene que inclinarse mucho, porque la diferencia de estatura se ha hecho mucho mayor, en perjuicio del hombre de campo. “¿Qué más quieres saber?, pregunta el guardián. “Eres insaciable”. “Todo el mundo se esfuerza para llegar a la ley”, dice el hombre, “¿cómo es posible entonces que, durante tantos años, nadie haya pedido la entrada más que yo?. El guardián se da cuenta de que el hombre está cerca de su fin, y para que las palabras lleguen a su oído, que se extingue, le grita con fuerza: “Por aquí no podía tener acceso nadie más que tú, porque esta entrada estaba destinada sólo a ti. Ahora me voy y la cierro” (Fragmento de El proceso, Alianza, 2011, p. 262-264)

En la versión cinematográfica de El proceso Orson Welles comienza con esta historia (minuto 1:07). La historia aparece en la novela y la narra un sacerdote a Joseph K. En ella se esconde ─como todo en Kafka─ un simbolismo detrás. 

El proceso, Orson Wells, 1962