divendres, 9 de novembre del 2012

El héroe de nuestro tiempo, M. Y. Lérmontov


El héroe de nuestro tiempo 
de M. Y. Lérmontov
Traducción de: Rocío Martínez Torres
Fecha original de publicación: 1840
Editorial: Akal


Estructurada en cinco relatos y a través de la voz de tres narradores, Un héroe de nuestro tiempo (1840), es, como el mismo Lérmontov afirma en el prólogo, una novela en la que se retratan los vicios de toda una generación. El autor, sin juzgar y limitándose a plasmar los hechos tal y como los ve, nos acerca, a través de una estructura espiral, como si se tratara de un juego de muñecas rusas, a la figura de Pechorin.

El héroe que se nos revela en Pechorin, es aquel nacido de la revolución decembrista de 1825, es decir, el joven que no sirve ("lishiy chelovek"). Solitario, trágico-romántico, víctima de una generación, que navega solo por el océano de la vida y al que, a pesar de buscar constantemente, nada le llena, nada le realiza, y se siente triste, dominado por el sinsentido, por el "spleen". Pechorin tiene una visión prenihilista “Me limitaba a satisfacer una extraña necesidad del corazón, devorando con avidez los sentimientos de los demás, su ternura, sus alegrías y sufrimientos, y nunca llegaba a saciarme”. Su condición, como nos narra el propio Pechorin en este fragmento, no sólo es trágica porque nada lo llena, sino también porque le resulta inevitable hacer daño a la gente que se acerca. Esto los hace desdichados, sí, pero a quien más le pesa ya quien más desdichado hace es a él, a Pechorin. No obstante, es llamado héroe. Un héroe incapaz de cambiar. Se mueve exteriormente, pero por dentro, permanece inmutable. Intenta huir, pero no puede. Intenta olvidar, pero le resulta imposible. “No hay en el mundo una persona a la que su pasado le domine tanto como a mí. Cualquier recuerdo de penas o alegrías golpea dolorosamente mi alma y arranca de ella las mismas emociones que antaño. He sido concebido estúpidamente: no soy capaz de olvidar nada. ¡Nada!”. Con esta imperturbabilidad liga la idea del fatalismo, también presente en la obra. Lérmontov nos presenta el carácter como algo determinante. Pechorin lucha pero no cambia su forma de ver; la irracionalidad, la partición interna que lo domina, las contradicciones, lo mueven tormentosamente por los senderos de la vida.

En este camino, además, la naturaleza y el paisaje caucasiano adquieren un papel muy relevante. La naturaleza, en primer lugar, es tratada como un protagonista más y ayuda, a lo largo de la novela, a acercarnos al estado anímico de ciertos personajes. Ésta es sabia, casi habla. E incluso, a veces, la ama como a una mujer, como demuestra este fragmento:

En el desfiladero aún no había penetrado la luz radiante del nuevo día; ésta cubría de oro sólo las cimas de los peñascos pensiles a ambos lados; los espesos matorrales que crecían en sus profundas grietas nos cubrían de una lluvia plateada al menor soplo de viento. Recuerdo que en aquella ocasión mi amor por la naturaleza era mayor que nunca.
Y es que la naturaleza, a lo largo de toda la novela, es un ser omnipotente, y además, un medio de tipologización para describir psicológicamente el personaje. Otro aspecto es el Cáucaso: el exótico sur. Allí nacen estas imágenes tan plásticas de paisajes, estas texturas casi palpables. El Cáucaso es salvaje, es auténtico, es puro. Y a pesar del supuesto sentimiento de superioridad rusa, es el mundo de las pasiones y es un mundo diferente, repleto de culturas no eslavas y de mujeres diferentes (como vemos en la historia de amor trágico de Bela).

El héroe de nuestro tiempo, es una obra romántica por el paisaje, el argumento y los motivos, y, a la vez, está impregnada por el realismo ruso. Es una obra de contrastes constantes. Entre lo bello y lo feo, la luz y las tinieblas. Una obra que alza a Pechorin a la cima de los héroes; esos héroes que como Raskolnikov, están partidos, dudad y les gusta dudar, y no obstante, esta mentalidad no les impide tener un carácter decidido. Viven en la tormenta, pero, como el mismo Lérmontov decía en su poema La vela, esta es su paz. La única paz que conocen y la única paz en la que pueden vivir.

dilluns, 5 de novembre del 2012

August Strindberg y Friedrich Nietzsche

August Strindberg y Friedrich Nietzsche intercambiaron en su día correspondencia. Pasaba a finales del siglo XIX, en Europa. Uno, el primero, des de Suecia, y el otro, el segundo, des de Alemania. Así pues, no es de extrañar que, aunque en formatos y des de terrenos muy distintos,  ambos pusieran de manifiesto la inversión de los valores morales. Nietzsche, en El ocaso de los ídolos, presenta en un capítulo dedicado a “El problema de Sócrates” su visión de cómo, del miedo a las tinieblas, a lo desconocido y de la negación al instinto, se mutiló al hombre, dejando a la razón tiranizar la cultura occidental:
El fanatismo con que todo el pensamiento griego se aferró a la racionalidad revela un estado de necesidad: se estaba en peligro, había sólo una elección posible: o hundirse o volverse absurdamente razonables. El moralismo de los filósofos griegos a partir de Platón está patológicamente condicionado, así como su valoración dialéctica. Razón = virtud = felicidad significa simplemente: debemos hacer como Sócrates y levantar una luz permanente contra las tinieblas: la luz de la razón. El hombre debe ser a toda costa claro, sereno, perspicaz, ya que cada concesión a los instintos conduce a lo desconocido, a lo inconsciente…
Y si Nietzsche lo hacía des del terreno de la filosofía, hurgando en el origen histórico del patrón cultural de occidente (Grecia), Strindberg, mucho más metafórico, y mucho más, si se quiere, partidario de la imaginación literaria, teatraliza, en el inicio de su novela Inferno, una conversación entre Lucifer y Dios. En ella, Lucifer es el bueno: el portador de la luz, el destronado. Y Dios el espíritu maligno, el usurpador. Si Nietzsche atacaba el origen de la racionalidad, aquí, Strindberg, ataca el génesis bíblico de la creación del hombre:
DIOS
¡Hágase el movimiento, pues el reposo nos ha corrompido! ¡Quiero intentar una nueva manifestación, aun a riesgo de dispersarme y perderme entre esa multitud de brutos!

¡Mirad! Allí abajo, entre Marte y Venus, aún quedan sin ocupar algunos miriámetros de mis dominios. Quisiera crear allí un mundo nuevo: nacerá de la Nada, y a la Nada habrá de retornar un día. Las criaturas que viven en él se creerán dioses como nosotros, y será para nosotros un placer ver sus luchas y vanidades. ¡Que su nombre sea el mundo de la locura! ¿Qué dice a ello mi hermano Lucifer, que comparte conmigo estos dominios al sur de la Vía Láctea?

August Strindberg
Friedrich Nietzsche

diumenge, 4 de novembre del 2012

En la llibertat, s'ha de ballar

─Vine─ va dir ella─, que ara ens concedirem una mica de llibertat i una mica de moviment.

   I dient això va tocar el mur amb la seva vareta de comandament blanca i prima, que jo ja coneixia: tot aquell soterrani fastigós va desaparèixer a l’acte, i nosaltres dos ens vam trobar en una pista de gel o de vidre, llisa, oberta i serpentejant. Lliscàvem com si duguéssim posats uns patins meravellosos, i alhora ballàvem, perquè la pista s’elevava i s’enfonsava sota els nostres peus com una onada. Era deliciós. Mai no havia vist una cosa així, i vaig cridar d’alegria: ‹‹És fantàstic›› I damunt nostre titil·laven les estrelles en un cel que─cosa estranya─era tot d’un blau pàl·lid i fosc al mateix temps, i la lluna, brillant de manera sobrenatural, no ens treia l’ull de sobre, als patinadors.

   ─Això és la llibertat─ va dir la professora─, una mena de cosa hivernal que no es pot resistir gaire temps. Has de bellugar-te sempre, tal com ho fem nosaltres; en la llibertat s’ha de ballar. És freda i bonica, però guarda’t molt d’enamorar-te’n. Després, només faries que entristir-te, perquè tan sols et pots estar als paratges de la llibertat uns instants, no pas més. Nosaltres dos, ja fa massa estona que som aquí. Mira com es torna a dissoldre a poc a poc, la pista meravellosa sobre la qual planem. Si obres els ulls, podràs veure com mor la llibertat, ara. En el futur, encara se t’oferirà més vegades aquest espectacle esfereïdor. 
Jakob von Gunten, Robert Walser