dilluns, 29 d’octubre de 2012

Jean-Paul Sartre o cómo convertirse en palabras

El azar me había hecho hombre, la generosidad me haría libro; podría poner mi parloteo, mi conciencia, con letras de bronce, sustituir los ruidos de mi vida por inscripciones imborrables, mi carne por un estilo, las muelles espirales del tiempo por la eternidad, aparecerme al Espíritu Santo como un precipitado del lenguaje, volverme una obsesión para la especie y ser otro finalmente, ser otro distinto de mí, otro distinto de los otros, otro distinto de todo.
Yo: veinticinco tomos, dieciocho mil páginas de texto, trescientos grabados y entre ellos el retrato del autor. Mis huesos son de cuero y de cartón, mi carne apergaminada huele a cola y a moho, me contoneo muy a gusto a través de sesenta kilos de papel. Renazco, por fin me vuelvo todo un hombre, pensante, hablante, cantante, estruendoso, que se afirma con la inercia perentoria de la materia. Me toman, me abren, me extienden en la mesa, me alisan con la palma de la mano y a veces me hacen crujir. Yo dejo que lo hagan y de pronto fulguro, deslumbro, me impongo a distancia, mis poderes atraviesan el espacio y el tiempo, fulminan a los malos, protegen a los buenos. No puede olvidarme nadie ni dejar de mencionarme; soy un gran fetiche, manejable y terrible. Mi conciencia está hecha migas; mejor. Me han tomado a su cargo otras conciencias. Se me lee, salto a la vista; se me habla, estoy en todas las bocas, soy lengua universal y singular; me vuelvo curiosidad que progresa en millones de miradas; para el que sabe amar, soy su inquietud más íntima, pero, si me quiere tocar, me borro y desaparezco; no existo en ninguna parte, ¡soy, por fin!, estoy en todas partes; como parásito de la humanidad, mis beneficios la corroen y la obligan sin cesar a que resucite mi ausencia. 
Las palabras, Jean-Paul Sartre