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dilluns, 5 de novembre del 2012

August Strindberg y Friedrich Nietzsche

August Strindberg y Friedrich Nietzsche intercambiaron en su día correspondencia. Pasaba a finales del siglo XIX, en Europa. Uno, el primero, des de Suecia, y el otro, el segundo, des de Alemania. Así pues, no es de extrañar que, aunque en formatos y des de terrenos muy distintos,  ambos pusieran de manifiesto la inversión de los valores morales. Nietzsche, en El ocaso de los ídolos, presenta ─en un capítulo dedicado a “El problema de Sócrates”─ su visión de cómo, del miedo a las tinieblas, a lo desconocido y de la negación al instinto, se mutiló al hombre, dejando a la razón tiranizar la cultura occidental:
El fanatismo con que todo el pensamiento griego se aferró a la racionalidad revela un estado de necesidad: se estaba en peligro, había sólo una elección posible: o hundirse o volverse absurdamente razonables. El moralismo de los filósofos griegos a partir de Platón está patológicamente condicionado, así como su valoración dialéctica. Razón = virtud = felicidad significa simplemente: debemos hacer como Sócrates y levantar una luz permanente contra las tinieblas: la luz de la razón. El hombre debe ser a toda costa claro, sereno, perspicaz, ya que cada concesión a los instintos conduce a lo desconocido, a lo inconsciente…
Y si Nietzsche lo hacía des del terreno de la filosofía, hurgando en el origen histórico del patrón cultural de occidente (Grecia), Strindberg, mucho más metafórico, y mucho más, si se quiere, partidario de la imaginación literaria, teatraliza, en el inicio de su novela Inferno, una conversación entre Lucifer y Dios. En ella, Lucifer es el bueno: el portador de la luz, el destronado. Y Dios el espíritu maligno, el usurpador. Si Nietzsche atacaba el origen de la racionalidad, aquí, Strindberg, ataca el génesis bíblico de la creación del hombre:
DIOS
¡Hágase el movimiento, pues el reposo nos ha corrompido! ¡Quiero intentar una nueva manifestación, aun a riesgo de dispersarme y perderme entre esa multitud de brutos!

¡Mirad! Allí abajo, entre Marte y Venus, aún quedan sin ocupar algunos miriámetros de mis dominios. Quisiera crear allí un mundo nuevo: nacerá de la Nada, y a la Nada habrá de retornar un día. Las criaturas que viven en él se creerán dioses como nosotros, y será para nosotros un placer ver sus luchas y vanidades. ¡Que su nombre sea el mundo de la locura! ¿Qué dice a ello mi hermano Lucifer, que comparte conmigo estos dominios al sur de la Vía Láctea?

August Strindberg
Friedrich Nietzsche

dijous, 16 de febrer del 2012

Sobre la verdad y la mentira, Friederich Nietzsche



Sobre verdad y mentira en sentido extramoral 
( Über Wahrheit und Lüge im aussermoralischen Sinne )
de Friederich Nietzsche
Traducció de Teresa Orduña y Luis Ml. Valdés
Data original de publicació: 1873 (1903)
Editorial: Tecnos


Amb el fragment de ‹‹Sobre la verdad y la mentira en sentido extramoral›› el filòsof alemany (dic filòsof per fer-ho fàcil) dedica la primera de les dos seccions a fer una crítica al llenguatge i a la idea de veritat. I acaba tancant, amb el mateix ritme desenfrenat  −com una turmenta d’imatges, de metàfores, i de jocs de significat− fent una crítica a les cel·les de conceptes, on els humans guarden la veritat. I al fals ordre, a la falsa unitat, enmig d’un univers caòtic i inconnex, on només l’art, confonent-se amb un somni, arriba, de tant en tant, a desmuntar aquest mur de conceptes que l’aixafa.

Si començàvem dient que Nietzsche feia, inicialment, una crítica al llenguatge i a la idea de veritat, aquí en tenim un fragment que ho exemplifica:

“ […] En un estado inicial de las cosas el individuo, en la medida en que se quiere mantener frente a los demás individuos, utiliza el intelecto y la mayor parte de las veces solamente para fingir, pero, puesto que el hombre, tanto por necesidad como por hastío, desea existir en sociedad y gregariamente, precisa de un tratado de paz y, de acuerdo con ése, procura que, al menos, desaparezca de su mundo el más grande bellum omnium contra omnes. Este tratado de paz conlleva algo que promete ser el primer paso para la consecución de ese misterioso impulso hacia la verdad. En este mismo momento se fija lo que a partir de entonces ha de ser ‹‹verdad››, es decir, se ha inventado una designación de las cosas uniformemente válida y obligatoria, y el poder legislativo del lenguaje proporciona también las primeras leyes de verdad”
I ja cap al final, pujant de to, sospitant encara més, xoquem amb un fragment en el que crítica, entre d’altres coses, l’impuls a la metàfora i els teixits de conceptes que ordenen la vida dels homes −que alhora els fa homes. Però aquesta falsa il·lusió té una escapatòria de la fortalesa dels conceptes: el mite, i sobretot, l’art.

 [...] Ese impulso hacia la construcción de metáforas, ese impulso fundamental del hombre del que no se puede prescindir ni un solo instante, pues si así se hiciese se prescindiría del hombre mismo, no queda en verdad sujeto y apenas si domado por el hecho de que con sus evanescentes productos, los conceptos, resulta construido un nuevo mundo regular y rígido que le sirve de fortaleza. Busca un nuevo campo para su actividad y otro cauce y lo encuentra en el mito y, sobre todo, en el arte. Confunde sin cesar las rúbricas y las celdas de los conceptos introduciendo de esa manera nuevas extrapolaciones, metáforas y metonimias; continuamente muestra el afán de configurar el mundo existente del hombre despierto haciéndolo tan abigarradamente irregular, tan inconsecuente, tan inconexo, tan encantador y eternamente nuevo, como lo es el mundo de los sueños. En sí, ciertamente, el hombre despierto solamente adquiere conciencia de qué está despierto por medio del rígido y regular tejido de los conceptos y, justamente por eso, cuando en alguna ocasión un tejido de conceptos es desgarrado de repente por el arte llega a creer que sueña.”
Com deia Albert Camus en El Mite de Sísif, ‹‹en els grans sentiments, i en Nietzsche i en les imatges que crea per explicar-ho n’hi ha un exemple, amaguen una significació més àmplia del què tenen consciència de dir››.